El telescopio espacial James Webb ha marcado un nuevo hito en la exploración del universo al detectar por primera vez hielo de agua cristalino en un disco de escombros que orbita una estrella joven a 155 años luz de la Tierra. Esta revelación científica, publicada en la prestigiosa revista Nature, ha contado con la participación destacada de la astrofísica asturiana Noemí Pinilla-Alonso, investigadora de la Universidad de Oviedo en el Instituto de Ciencias y Tecnologías Espaciales de Asturias (ICTEA) y beneficiaria del programa ATRAE del Ministerio de Ciencia.
El hallazgo aporta pruebas concluyentes a una hipótesis sostenida durante décadas: que existen reservas de agua congelada en sistemas planetarios en formación más allá del sistema solar. Gracias a la avanzada tecnología del telescopio James Webb, los investigadores han confirmado la presencia de hielo cristalino en el sistema estelar HD 181327, cuya edad se estima en apenas 23 millones de años.
La científica asturiana jugó un papel esencial en la interpretación de los datos espectrales, especialmente por su experiencia en cuerpos helados del sistema solar. Aunque inicialmente no formaba parte del equipo, su conocimiento se volvió indispensable cuando los investigadores detectaron indicios de un disco de planetesimales helados, muy parecido al cinturón transneptuniano donde se encuentra Plutón. Su participación ha sido clave para establecer paralelismos entre los procesos de formación planetaria en este joven sistema y los ocurridos en los inicios del sistema solar.
“Este descubrimiento demuestra que los procesos que afectan a cuerpos helados en los confines de los sistemas planetarios podrían ser comunes en todo el universo”, afirmó Pinilla-Alonso. “Además, nos da pistas fundamentales sobre la historia térmica y dinámica de estos remanentes planetarios”. Para ella, el telescopio Webb es una “auténtica máquina de los deseos”, capaz de transformar teorías de décadas en evidencias medibles.
Los datos obtenidos con el espectrógrafo infrarrojo cercano (NIRSpec) del Webb revelaron que el hielo de agua no está distribuido de forma uniforme: su concentración aumenta en las regiones más frías y alejadas de la estrella, alcanzando un 20% en la zona exterior del disco, y descendiendo hasta desaparecer en las áreas más cercanas, donde la radiación ultravioleta lo vaporiza.
El hielo de agua, según los científicos, no solo es testimonio de condiciones propicias para la formación planetaria, sino que también podría ser transportado por cometas y asteroides a planetas rocosos, favoreciendo el desarrollo de entornos habitables. “La presencia de materiales helados puede facilitar la formación de planetas gigantes y entregar agua a planetas terrestres en formación”, explicó Chen Xie, autor principal del estudio.
El sistema HD 181327 es descrito como altamente activo, con frecuentes colisiones entre fragmentos helados que liberan polvo y hielo en partículas del tamaño ideal para ser captadas por Webb. Estas observaciones también guardan un notable parecido con los datos recientes del telescopio sobre cuerpos del cinturón de Kuiper, lo que refuerza la idea de un patrón común en la evolución de sistemas estelares.
La participación de Noemí Pinilla-Alonso no solo subraya el valor de la ciencia hecha en Asturias, sino también la importancia de la colaboración internacional y el intercambio de conocimiento especializado en grandes proyectos de investigación espacial. Su trayectoria como experta en cuerpos helados y sistemas planetarios le ha permitido situarse en la vanguardia de uno de los descubrimientos más importantes del año.
Este avance del telescopio James Webb, una misión conjunta de la NASA, la Agencia Espacial Europea (ESA) y la Agencia Espacial Canadiense, marca el inicio de una nueva era en la observación del cosmos y deja abierta la posibilidad de hallar agua —y tal vez vida— más allá de nuestro sistema solar.






